POR LA RENTA BÁSICA EN ARAGÓN

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POR LA RENTA BÁSICA EN ARAGÓN

TALLERES Y CONFERENCIA

VIERNES 3 JULIO / 18:30 h

Conferencia: RAMIRO PINTO

Centro Cívico Esquinas del Psiquiátrico

Vía Univérsitas, 30-32. Zaragoza

Horarios:

TALLERES: 9:00-13:00 (Sólo para Organizadores)

CONFERENCIA: 18:30 (Entrada libre y gratuita)

¿Qué es la RENTA BÁSICA?

Hoy en día, muchas organizaciones, ONGs, incluso instituciones religiosas como Cáritas, piden al Gobierno, una prestación, subsidio, renta para los más desfavorecidos, los desempleados, los que no tienen ningún tipo de ingresos familiares, por desempleo, renta mínima de inserción, o ingresos autonómicos (aquí I.A.I.)….o tienen que esperar meses y hasta más de un año para solicitar algún tipo de “ayuda”… en definitiva, sinónimos de limosnas, subsidios, prestaciones o caridad en definitiva.

La Renta Básica es muchas cosas, una herramienta multiusos contra la desigualdad, la pobreza y el desempleo, pero todo, menos lo citado anteriormente.

La Dignidad de las personas tiene que estar por encima de cualquier sinónimo que denigra la persona, como caridad, o subsidio, o beneficencia, o se tiene como un Derecho, o no es una RENTA BASICA.

La RENTA BÁSICA, como un Derecho:

  • UNIVERSAL
  • INDIVIDUAL
  • INCONDICIONAL
  • El derecho a una Renta Básica, es el derecho de toda persona a recibir una cantidad periódica que cubra sus necesidades básicas por el hecho de haber nacido y de ser persona.
  • El importe de la Renta Básica será de 645,00 €, el índice marcado por Europa para el umbral de la pobreza. (Índice Eurostad)
  • El derecho a una Educación para todos, a una Sanidad Universal o a tener derecho a unas vacaciones pagadas incluso la jornada de 40 h. semanales, hasta hace pocos años eran algo imposible de pensar ni conseguir…. como ahora la Renta básica.
  • La tecnología, el progreso trae comodidades pero también conlleva inconvenientes… que las máquinas eliminen puestos de trabajo, que la mano de obra sea cada vez menos necesaria, eso hace que muchas personas sean excluidas del mercado laboral, pero no puede significar que sean eliminadas de la sociedad, estamos en tiempos de la “redistribución” del trabajo y la riqueza que generamos todos… hay que repartir el que hay, y a quien no le llegue, que pueda tener sus necesidades vitales cubiertas, con un ingreso por derecho de una Renta Básica, se tenga o no trabajo.

¿A quién beneficia la RENTA BÁSICA?

  • A casi toda la sociedad, más del 70% de la población saldría beneficiado, no así las rentas más altas, que son las que más tendrían que aportar mediante su retención en el I.R.P.F. por tener más ingresos.
  • Eliminaría y ayudaría a combatir la pobreza desde el primer instante.
  • Unificaría todas prestaciones y subsidios tanto estatales como autonómicas así como cualquier tipos de ayudas, eliminando burocracia y papeleo administrativo.
  • Eliminaría el miedo a perder el empleo, y ayudaría a los trabajadores a la hora de negociar convenios con la patronal, al tener una existencia garantizada.
  • Evitaría o complementaría los contratos precarios por horas, días, fines de semana, una R. Básica más un contrato por horas permite tener unos ingresos para vivir con un mínimo de dignidad.
  • Favorece el voluntariado, la emancipación de los jóvenes y el emprendimiento en actividades económicas, creando empleo.
  • Favorecería el consumo, por ende, el movimiento de la economía y la creación de empleo en el comercio, cadenas de distribución y producción.
  • Subiría las pensiones mínimas no contributivas ó de viudedad que se han quedado por debajo del umbral de la pobreza, del importe de la R. Básica.
  • Evitaría que nuestros jóvenes tengan que emigrar por no tener trabajo, futuro ni ingresos para poder vivir, emanciparse o tener iniciativas de negocio propios.
  • Permitiría a las personas tener una vivienda, un techo donde cobijarse, al poder pagar un alquiler social si son desahuciadas de sus casas, y poder pagar gastos de colegios, comedores escolares, etc.
  • Fundamentalmente, porque ya vale, que la crisis, los impuestos los paguemos solo los Trabajadores y se beneficien ….los Bancos, Eléctricas, Autopistas, etc. Etc. Queremos que nuestros impuestos sean redistribuidos para todos y que paguen y contribuyan los que más se benefician y más ingresos tienen, no como hasta ahora que con evasiones fiscales de sus empresas en otros países, con ingeniería económica acogiéndose a las “sicav”, etc. Etc. Evitan contribuir con sus impuestos a esta sociedad donde parece ser norma que los impuestos los pagamos “unos” y los “beneficios” se los llevan otros.
  • En definitiva, la RENTA BÁSICA, poco a poco haría de ésta una sociedad más justa, más equilibrada socialmente y más humana.
  • Además su implantación es solo cuestión de “Voluntad Política”, se puede y se ha demostrado que se puede implantar ya mismo, claro a los Grandes Capitales, la CEOE y algunos Partidos Políticos, no les interesa para nada…..siempre creen que tiene que haber “Ricos y Pobres” , pero Miserablemente Ricos y Miserablemente Pobres…NO.

    Muchas son las Organizaciones, Partidos Políticos y Movimientos Sociales que apoyan y proponen la implantación de una Renta Básica:

    RED RENTA BÁSICA

    MOVIMIENTO CONTRA EL PARO Y LA PRECARIEDAD

    MAREA BÁSICA ESTATAL

    CAMPAMENTOS DIGNIDAD DE EXTREMADURA Y

    ASAMBLEAS DE DESEMPLEADOS Y TRABAJADORES DE TODA LA GEOGRAFIA

    FRENTE CIVICO “SOMOS MAYORIA”

    STOP DESHAUCIOS

    MARCHAS DE LA DIGNIDAD 22-M

    PODEMOS

    EQUO

    ATTAC ESPAÑA Y P.A.C.D.

    INTERMON OXFARM

    Incluso Organizaciones religiosas como CARITAS han instado al Gobierno a poner algún modelo de Renta Básica para los más desfavorecidos, aunque no sea realmente una R. Básica Universal.

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El nudo de Julio Anguita

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“Podemos” e IU después de las elecciones. El nudo de Julio Anguita

Autor: Manolo Monereo

Publicado en: Cuarto Poder

Porque los dioses perciben el futuro, los hombres el presente y los sabios lo que se avecina (Filóstrato, según Cavafis)

A Julio Anguita le han construido una imagen de doctrinario y de pésimo táctico. No es verdad. El antiguo coordinador de IU tenía principios sólidos que nunca aplicó dogmáticamente, pero, sobre todo, tenía y tiene un gran olfato político para ver lo nuevo que emerge y traducirlo en votos. No fue casual que los jóvenes del 15M lo admitieran como interlocutor, y lo hizo a su manera, es decir, sin halagar y entrando en un diálogo franco y leal. Tampoco fue casual el surgimiento del Frente Cívico. Izquierda Unida, siempre temerosa, dejó pasar la iniciativa sin sacar las consecuencias políticas debidas. Pablo Iglesias lo entendió a la primera y lo convirtió en el núcleo del discurso político de Podemos.

Un mes, más o menos, antes de las elecciones, Anguita escribió un artículo valiente y extremadamente audaz con el título de “El nudo gordiano”. Lo que venía a decir es claro: expresar la enorme preocupación ante una izquierda que no está a la altura de las dramáticas circunstancias de nuestro país y proponer la creación de una nueva formación política más allá de IU y del PCE. Me temo que este artículo será tratado como los anteriores, es decir, dejarlo pasar y que el tiempo lo haga olvidar. Un error más de los pusilánimes de turno, porque, se esté de acuerdo o no con él —yo lo estoy— el debate merece la pena y puede clarificar mucho los dilemas estratégicos de las fuerzas que, en uno u otro sentido, impulsan lo que hemos llamado la unidad popular.

Todo esto —parece evidente— tiene que ver con el análisis y la valoración de las elecciones municipales y autonómicas celebradas hace unos días, en el marco de un ciclo que terminará en noviembre de este año. Nos referimos a unas elecciones singulares que encuentran a las llamadas fuerzas emergentes en condiciones especialmente complicadas. Inventarse organizaciones, desarrollarse territorialmente y generar centenares de candidaturas en poco más de un año no es nada fácil. Esto obliga a entender estas elecciones como la continuación de un ciclo iniciado en las europeas y que terminarán con las generales. Al fondo, el 15M.

Los resultados entraban —podríamos decirlo así— en el marco de lo previsible. En primer lugar, derrota política del Partido Popular. La derecha pierde votos, pero sobre todo, va a perder poder, mucho poder. Es cierto que el PP sigue siendo la primera fuerza política del país y debe suscitar reflexión preguntarse cómo y por qué se sigue votando a una formación política ligada estructuralmente con la corrupción. En segundo lugar, el bipartidismo retrocede pero se resiste en clave PSOE. La estrategia de Pedro Sánchez se ha mostrado acertada, polarizarse claramente con la derecha y frenar por la izquierda a Podemos. Frente a los que opinaban que era el momento de “la gran coalición” y que había que moderar la confrontación, el secretario general del PSOE entendió que esto era suicida y que dejaba a Podemos un amplísimo espacio electoral.

Conviene aquí no confundirse demasiado. Polarizarse con el PP es buscar el eje derecha- izquierda como referencia, sabiendo que, al final, se pedirá, como siempre, el voto útil y la necesidad de sumar todos los apoyos a la “izquierda” capaz de impedir el triunfo de la derecha. El “relato” es claro: o se vota al PSOE o gana la derecha. Este ha sido el chantaje discursivo durante más 30 años que Izquierda Unida no pudo, casi nunca, superar.

Todos sabíamos que la táctica del voto útil escondía una trampa que era relativamente fácil de desvelar: si a la izquierda del PSOE crecían fuerzas con proyectos alternativos, estos, los socialistas, tendrían que decidir si estaban por seguir pactando con los poderes económicos o —era la clave— girar a la izquierda y propiciar políticas en favor de las mayoría sociales y, específicamente, de los trabajadores y trabajadoras. Lo fundamental —todos lo sabemos— era un sistema electoral que forzaba al voto útil y dejaba a las fuerzas realmente de izquierdas fuera de las opciones con posibilidades reales.

Aquí se ve, una vez más, que el verdadero partido del régimen es el PSOE, ya que asegura como nadie que los que mandan y no se presentan a las elecciones puedan obtener un consenso lo suficientemente amplio para que en ningún momento se cuestione el modelo económico y de poder vigente. El partido de Pedro Sánchez, aún perdiendo más de 600.000 votos, sale fortalecido de estas elecciones, lo que le va a servir de plataforma para encarar razonablemente las generales. Los que mandan habrán tomado ya nota.

Podemos se consolida territorialmente y se desarrolla orgánicamente. De nuevo, el juego entre expectativas y realidad acaba pasando factura. Estas eran las elecciones más difíciles para el partido de Pablo Iglesias y las ha pasado con una nota alta. Hay que analizar caso por caso y no confundir las elecciones autonómicas con las municipales, aunque ambas han estado íntimamente relacionadas. En algunos lugares las municipales han tirado de las autonómicas y, en otros casos, las han frenado o incluso las han hecho retroceder. A la inversa también ha ocurrido.

Podemos, en las comunidades autónomas y en decenas de ciudades, va a acumular poder institucional y mucha influencia política; ahora bien, los dilemas a los que se enfrenta no serán pequeños. En diversos lugares tiene escaños suficientes para, junto con el PSOE, echar a la derecha y propiciar una nueva situación política. El otro lado de la contradicción es también evidente: se pacta con el principal competidor electoral y parte decisiva del bipartidismo —más o menos imperfecto— dominante. “Cerco mutuo y guerra de posiciones”, este es el escenario de una batalla política y estratégica donde se juega, ni más ni menos, la enésima restauración borbónica o el cambio real, es decir, la ruptura democrática. También hay que tomar muy en cuenta —no es poca cosa— que el campo de las fuerzas de la transformación real se ha hecho más plural, más heterogéneo, y que forjar la alternativa, no la simple alternancia de los partidos del turno dinástico, será una tarea compleja y llena de dificultades.

Los resultados de Izquierda Unida han sido aún peores de los que auguraban las encuestas. Resultaron patéticos, en la noche electoral, los esfuerzos del coordinador por maquillar los pésimos resultados de las autonómicas oponiéndoles los buenos de las elecciones municipales, sin darse cuenta de que, con ello, se ponía de manifiesto el verdadero problema: IU tiene una excelente organización y carece de (dirección) política. Para decirlo más claramente, cuando se trata de organizar, de montar centenares de listas y presentar candidaturas, los hombres y mujeres de IU se sobran y se bastan, incluyendo las decenas de candidaturas de unidad popular; se podría decir, sin exagerar demasiado, que no necesitan de la dirección; lo saben hacer y punto.

El problema reside en que cuando pasamos a las elecciones autonómicas, la política, la buena política, la dirección adecuada y la táctica justa, cuentan y mucho. Las carencias de la dirección federal —su no política unas veces o sus políticas equivocadas otras— perjudicaron el discurso de las autonomías y sus opciones electorales. Cuando se ha tenido política, esta no ha sido otra cosa que racionalización del repliegue identitario, muchas veces trufado de un discurso anacrónico, que por serlo, siempre apareció postizo y sin alma.

Seguramente, el dato más relevante es el avance de la unidad popular, reflejada ejemplarmente en Madrid y en Barcelona, destacadas expresiones de centenares de candidaturas construidas paciente y tenazmente en todo el país, en condiciones —justo es subrayarlo— duras, a veces, extremadamente duras. Donde estas se han organizado democráticamente, respetando la pluralidad y superando las prepotencias y sectarismos, han funcionado y se convierten en el dato más relevante de nuestra realidad política vista desde abajo y desde la alternativa democrática.

No conviene olvidarlo en esta hora: centenares de militantes y activistas de IU han estado por delante y por detrás de estas candidaturas de unidad popular, la mayoría de las veces contra el criterio de sus direcciones y teniendo que soportar todo tipo de coacciones, amenazas y, al final, expulsiones; sí, hay centenares de afiliados excluidos de la organización en todo el país por defender lo aprobado en la X Asamblea de IU. Ahora, después de las elecciones, Cayo Lara les dice que lo que ha ganado es la convergencia y la unidad popular, es decir, aquello por lo que muchos han sido marginados o excluidos por las distintas direcciones. Una vieja historia; se deja pasar la pelota y no al jugador.

Es hora de volver a Julio Anguita. El fondo del asunto es simple y coherente con su modo de ver la política de este país desde su reflexiva soledad cordobesa: hay que construir la alternativa, para ello hace falta organizar un proyecto autónomo con voluntad de poder; el tiempo apremia y la unidad no tiene espera. Nos lo jugamos todo en poco tiempo y todos debemos hacer los deberes que nos tocan. A Podemos le toca la responsabilidad de estructurar el bloque nacional-popular sabiendo que solo no podrá. A IU le toca “refundarse”, es decir, fundarse de nuevo. No es tan difícil de entender: el proyecto histórico de Izquierda Unida no cabe ya en esta forma-partido que ha devenido en las siglas IU. Llorar lo justo y abrirse a lo nuevo que surge en nuestra sociedad y que ha venido para quedarse.

Imagen: Pablo Iglesias aplaude a Manuela Carmena durante el acto organizado por Ahora Madrid la noche del pasado domingo para celebrar los resultados obtenidos en la capital. / Alberto Martín (Efe)

 

Asaltar el cielo…para tener limpio el cementerio

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Asaltar el cielo…para tener limpio el cementerio

Artículo publicado en Público.es el 4 de junio de 2015 por Juan Torres López

Una de las rémoras más grandes que siempre ha tenido la izquierda más radical (la que suele autodefinirse como auténticamente transformadora) a la hora de lograr confianza y apoyo social es su falta de experiencia en la gestión de los asuntos ordinarios de la gente normal y corriente. Un problema que se agrava al hacerse más general con las nuevas generaciones de líderes políticos que aspiran a gobernar a un país entero sin haber tenido nunca experiencia profesional o solo muy precaria dadas las pocas alternativas que proporciona hoy día el mercado laboral.

Tengo colegas de universidad que llevan treinta o cuarenta años promoviendo cambios sociales profundos, reclamando la superación del capitalismo y abogando por avanzar cuanto antes hacia nuevas forma de organización social pero que nunca en su vida han asumido la responsabilidad de dirigir un departamento, una facultad, vicerrectorados o ni siquiera la presidencia de su comunidad de vecinos, por no hablar de dirigir empresas o cualquier tipo de organización. Le dicen a la gente que hay que cambiar el mundo de arriba a abajo pero ellos no han sido capaces de cambiar nada para que las cosas sean de otro modo en la práctica diaria, para que la vida de los demás sea más cómoda, más feliz y liberadora. Por lo general, consideran que ocuparse de ese tipo de tareas, dedicar tiempo y esfuerzo a tratar de mejorar a corto plazo la existencia de la gente, es “reformismo” que en lugar de acabar con el sistema lo refuerza. O que esas tareas (gracias a las cuales investigan o se abren día a día sus centros de trabajo o las escuelas y hospitales a donde llevan a sus hijos) solo son propias de burócratas o políticos profesionales.

A mí me parece, por el contrario, que ese reformismo que se detesta es un ingrediente imprescindible de la actividad política y que sin él es imposible que un proyecto político consiga suficiente apoyo social, por muy atractivas que puedan ser sus propuestas teóricas o doctrinales. ¿Cómo se va a creer alguien que somos capaces de transformar lo más profundo de la sociedad si no hacemos que cambien sus procesos más elementales? ¿Cómo vamos a poder cambiar el sistema en su conjunto, y cómo vamos a hacerle creer a la gente que lo podemos conseguir, si no mostramos que somos capaces de hacer que cambien las cosas día a día, minuto a minuto? ¿Quién puede creerse que uno puede con lo mucho cuando no puede con lo poco? ¿Y en virtud de qué va a creer la gente que nuestras propuestas mejorarán su vida si no ven con sus propios ojos que lo que proponemos se traduce en la práctica en un modo diferente de ser, de vivir y de relacionarse mejor y más satisfactoriamente con los demás y con la sociedad en su conjunto?

La izquierda que tradicionalmente rechaza ese tipo de reformismo es la que, precisamente por ello, también suele tener una gran reserva a la hora de formar parte de las instituciones y la que ha generado un discurso ad hoc para justificar estar fuera de ellas: hay que cambiar tan radicalmente todo que nada se puede hacer si no es cambiarlo todo de una vez. Y las instituciones desde donde se gobierna solo se entienden como un espacio de prebendas, de sillones cómodos y de cargos privilegiados que viven a costa de los demás. Cuánto más lejos de ellos, por lo tanto, mucho mejor.

La consecuencia es que no se trabaja para estar en las instituciones y que, por tanto, se deja en manos de otros la posibilidad de decidir y de establecer las normas que, desde ellas, condicionan el desarrollo de la vida social.

Sin embargo, una buena parte de la izquierda que ha mantenido en España este tipo de argumentos acaba de promover con éxito candidaturas municipales y autonómicas y ante ella se abre un escenario inusitado. Ahora no será suficiente con elaborar proclamas o convocar manifestaciones para decir que todo está mal y que hay que cambiarlo. Cientos de personas que hasta ahora solo se consideraban a sí mismas como activistas van a tener que dejar a un lado la épica del asalto al cielo para ocuparse de asuntos mucho más prosaicos y hasta ahora seguramente intrascendentes para ellas: asegurar que los bomberos cuenten con recursos, que las alcantarillas estén despejadas, los cementerios limpios y las calles bien aseadas cada mañana, o garantizar que los quirófanos abran y que haya médicos o profesores en todos los lugares donde son necesarios. Y ahora tendrán que hacer frente a una clase trabajadora que no es la de las grandes gestas proletarias sino la que solo y a cualquier precio busca mejores condiciones en la relación de puestos de trabajo; por no hablar de que habrá que ajustarse a presupuestos que a todos resultarán escasos y cuyo incremento no estará posiblemente en manos de nadie, o de que habrá que manejar impuestos comprobando que no es tan fácil subirlos sin afectar a muchas actividades que crean empleo y riqueza. También los activistas tendrán que disponerse ahora a hacer recortes y muchos descubrirán que los cargos que creían sinecuras son más bien pesadas cargas (“quien gobierna, mal descansa”, decía Lope de Vega”).

Hay que cambiar el chip. Para transformar la sociedad hay que tener la posibilidad de escribir negro sobre blanco en el Boletín Oficial del Estado, hay que estar en las instituciones y hay que construir desde ellas un modelo de sociedad diferente en todas y cada una de esas actividades que se nos antojan nimias y que están tan alejadas de los grandes discursos doctrinarios pero que son, al fin y al cabo, de las que depende que la gente viva peor o mejor. Y eso significa que hay que empezar a moverse en el mundo real, allí donde no hay dinero suficiente, ni donde se puede hacer todo lo que se quiere, porque no puedes o porque no te dejan, donde has de negociar cada acción, medir cada palabra y pensar cien veces cada paso antes de darlo. Donde no se interactúa solo con afines porque se está siempre rodeado de personas que piensan, dicen y deciden de modo diferente a ti.

Lo llaman también meterse en el barro. Algunas izquierdas se meten en él sin protegerse, sin la gente de la mano y sin controles, y suelen terminar embarradas para nada. Otras tienen miedo a hacerlo y a ensuciarse y se limitan a ofrecer a la sociedad un horizonte, una utopía (en el mejor sentido del término) sin apenas hacer nada para que la gente al menos intuya de qué va realmente, en la práctica, ese futuro. En el primer caso, la acción institucional mata la vida de la calle. En el segundo, la gente no tiene a esa izquierda como referente porque no le es útil para nada. Y en ambos casos se deja sin poner en marcha lo esencial: ¿dónde están las cooperativas promovidas por las izquierdas que nos piden el voto para que la gente vea que hay otros modos de propiedad? ¿dónde sus ejemplos de finanzas descentralizadas y colaborativas para que la gente compruebe que los bancos que conocemos no son imprescindibles?, ¿dónde han creado escuelas populares o centros de formación que permitan constatar que hay formas alternativas de enseñar y aprender a vivir? ¿qué experiencias de consumo, producción, vivienda o cuidados sostenibles han promovido las izquierdas que nos dicen que van a cambiar el mundo?…

Las izquierdas y movimientos sociales transformadores no pueden presentarse a las gentes solo como portadores de banderas o de narraciones heroicas y llenas de venturas pero que nadie sabe cuándo podrán hacerse realidad ni de qué forma. Tienen que “anticipar” ese futuro poniendo en marcha experiencias y prácticas que muestren desde ya que el mundo puede funcionar de otro modo. El mundo no se transforma pidiendo a la gente que haga actos de fe. La radicalidad transformadora más auténtica y efectiva es la que pone en marcha reformas en el día a día que la gente puede identificar como el anticipo de un mañana diferente y con cuyo diseño, promoción, defensa y disfrute se organiza y empodera.

La buena noticia es que ya hay en marcha experiencias de ese tipo en muchos sitios, aunque no precisamente promovidas por las izquierdas doctrinarias y convencionales. Ahora hace falta que se hilen entre ellas y que las instituciones se asalten no, como tantas veces ocurre, como si eso fuera un fin en sí mismo sino precisamente para promover y fortalecer esas nuevas formas de producción, de consumo y de relaciones sociales que generan contrapoder y un modo de vivir más humano y placentero.

Imagen: Miembros de Zaragoza en Común y la Chunta, ayer negociando en la plaza del Pilar. Diario El Mundo